“.....Y LA LUZ DEL REDENTOR, LLEGARÁ POR EL ORIENTE….” EL MAUSOLEO DE ALVES INICIO
EL CEMENTERIO DE LA TRINIDAD….
En abril de 1870, en plena Revolución de las Lanzas, el General Timoteo Aparicio al frente del ejército blanco, estuvo asediando e intentando romper el cerco militar que le interponía la guarnición colorada de la Villa de Melo, al mando del Coronel Máximo Pérez, caudillo de Soriano. Visto que el cerco de la guarnición por el momento era insuperable, tras tres días de refriega, Aparicio, ordenó la retirada hacia el Rincón de Ramírez. A su vez, Máximo Pérez, al frente de varios hombres, entre ellos una división del Batallón Florida, todos bien montados y municionados, salieron detrás de los blancos, pisándoles los talones y dispuestos a dar batalla donde fuera. Aparicio, cortando campos, se dirigió hacia la zona de La Trinidad, cuando eran heredades de los Cibils, de los Buxareo y de Clara Heber de Jackson, obviamente, no contaba con el nombre antedicho y frente adonde hoy, se levanta el casco de la estancia en un campo donde se divisa una enorme piedra, el General Aparicio aprovechó la altitud del terreno, giró su cabalgadura, mandó a gran parte de su gente que desmontaran y les ordenó presentar combate a los perseguidores. A su vez, mandó a Ángel Muniz, que los cargará a lanza con la caballería. Y se produjo el encontronazo. Mientras Muniz, cargaba una y otra vez, desparramando a gran parte de los colorados, los que quedaban en el campo, se sacudían a los tiros con la demás gente de Aparicio, presintiendo ya una evidente derrota. Máximo Pérez, con gente herida y algunos muertos, mandó suspender el fuego, mientras Aparicio, con doce muertos y otros heridos, abandonó el campo de combate, cruzó el Parao en la Picada de las Piedras y se dirigió hacia la hoy ciudad de Treinta y Tres, a la que tomó por asalto. Los soldados de la guarnición de Melo, enterraron a todos los muertos del combate y luego retornaron a su destino, mientras el Coronel Máximo Pérez, pidió relevo como jefe de la guarnición y traslado para donde fuera. Así nació el cementerio de La Trinidad, con un saldo de veintipico o treinta hombres fallecidos en combate. En junio de 1897, al pasar por la zona el ejército colorado del General Santos Arribio el escribiente Teniente Jaime Bravo nombra en su diario de combate, el cementerio de La Trinidad, con unas pocas tumbas, algunos nichos y varias flores resecas. En este lugar fue sepultado Venancio Alves Pereira, el 23 de enero de 1900….. Años después, ya ni se sabe cuando, las tumbas y nichos fueron arrasadas, el viento del progreso, borró todo proyecto de necrópolis y la muerte, le arrebató la vida a varios memoriosos, que por suerte, pudieron contar sus endechas, antes de emprender el viaje eterno. Quizás, los cuerpos de otros vecinos fueron enterrados en ese cementerio. Hoy, es nada más que una mera suposición.
SURGE EL MONUMENTO FUNERARIO
Para el año 1906, doña Dorotea y uno de sus hijos: Floro Agapito Alves Pereira, decidieron que se debía de recordar al finado pero de forma tal, que la perseverancia laboral, la vida pacífica, el buen ejemplo de esposo y padre, sumado a la creencia en Dios que éste tenía pudiera resumirse y sobrevivir a los tiempos, desde la grandiosidad arquitectónica y escultural de un mausoleo. Desde 1880 por lo menos, se había impuesto una marcada tendencia en el Uruguay y adyacencias, de un arte funerario, donde las familias pudientes elegían para sus muertos, una arquitectura de vanguardia, basada en panteones y mausoleos, con alegorías cristianas y masónicas, que trascendieron al futuro, dando a conocer las virtudes y el protagonismo, que había tenido el fallecido en su periplo terrenal. En Montevideo, ya estaban establecidos dos escultores italianos del mármol, que entre varios más, marcaban fina presencia en el arte funerario, ambientado a la época del Renacimiento. Ellos eran: José Livi y Juan Azzarini. El último de ellos, fue quien se entendió con el Mausoleo de Alves. Azzarini, era genovés, nacido en las costas de la Liguria, en marzo de 1853, había estudiado escultura en la Escuela de Génova y estaba radicado en el Uruguay con su esposa Teresa Arabanti e hijos, desde el año 1879. Fue profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios, de Montevideo, un excelente y minucioso escultor, con taller propio instalado en la Ciudad Vieja. A lo largo de su vida, falleció en 1924 a los 71 años, fue y es el artista con más obras funerarias en el Cementerio Central de Montevideo y dejó su sello cultural, en cementerios de Artigas, Salto, Paysandú, Fray Bentos, Batlle y Ordóñez y en Río Grande del Sur (en la estancia de la madre del caudillo Republicano Coronel Joao Francisco Pereyra de Souza, donde estuvo sepultado un tiempo el cuerpo del General Aparicio Saravia). Además, dejó varios mausoleos y panteones, en campos de estancias del Uruguay y en lugares apartados y de difícil acceso, como es el de un mausoleo que se encuentra casi que abandonado en el límite de Tacuarembó con Paysandú. También participó de la construcción de estatuas para parques y plazas, participando como uno de los autores del monumento a los 400 años del Descubrimiento de América, que en 1892, fue colocado en la plaza central de la ciudad de Durazno. Azzarini, importó monumentos construidos en Italia, conforme a sus elaborados diseños (uno de ellos, fue el Mausoleo de Alves) y particularmente, se le recuerda por el busto de Artigas, hecho en bronce, que desde 1899, está emplazado en la Meseta, que domina el paisaje sobre el río Uruguay. El Mausoleo de Alves, fue elegido por catálogo y Azzarini, encomendó a su amigo y colega Enrico Butti, renombrado escultor en Génova, con varios primeros premios nacionales en haber y otro conseguido en Francia, que se abocara a la hechura del mismo, utilizando mármol blanco, del tipo lunense y originario de las canteras de Carrara. Vale decir que Enrico Butti, le dio volumen, espacio y vida al monumento. Juan Azzarini, fue quien lo diseñó y lo llevó al libro de consultas y ventas.
EL VIAJE DEL MAUSOLEO
No se conocen las fechas de salida ni de llegada del mausoleo, al puerto de Montevideo y a su destino final en Vergara. Por cierto que se conoce que la pieza funeraria en su totalidad viajó 11.380 kms. Del puerto de Génova al de Montevideo, viajó unos 11.002 kilómetros por mar, demorando entre 14 y 21 días, de acuerdo a los puertos intermedios que el barco fue alcanzando. Desde el puerto de Montevideo, hasta la estación ferroviaria de Nico Pérez, viajó en tren 215 kilómetros. Desde la estación Nico Pérez a Vergara, como aún no había llegado el tren, hasta esta última localidad y recién llegaría a Treinta y Tres en 1911, el mausoleo, repartido en piezas en un convoy de 7 carretas tiradas por bueyes, cuyo capataz era Damasio Martínez y los restantes fueron: Eustaquio Navarro, Carmelo y Eustaquio Barboza, Rosa Olmos Aguilera, el brasilero Bernabel Ferreira Soares, alias “El Portugués” y Ángel Custodio Techera, a quien llamaban “El Teniente”, recorrió 163 kilómetros, que con buen tiempo y caminos regulares, las carretas echaban 15 días para ir y 15 para retornar. Cabe acotar que cada carrero, tenía su o sus ayudantes. Lamentablemente, no sobrevivieron los nombres de éstos. El mausoleo, fue entregado a doña Dorotea y a su hijo Floro, sin ninguna pieza dañada, un hecho que hay que destacar por todo el esfuerzo que hicieron aquellos hombres, picana, tranco y silbido, para los paisajes con horizontes largos y campos incultos. Quijotes de los Caminos, para el recuerdo y la dimensión literaria…… En 1906, Floro Alves, se había dirigido por carta al Concejo Auxiliar de Vergara, solicitando autorización para que el monumento fuera emplazado en la estancia “La Trinidad”. El Concejo no le permitió la petición y en ese caso, le ofrecieron una parcela en el campo perteneciente a Isidro Tellechea Salvarrey, cuya adquisición correría por cuenta del Concejo, quienes además veían con muy buenos ojos, que la obra funeraria de reconocido valor cultural, se emplazara en las proximidades de Vergara, actual necrópolis local. Floro Alves, aceptó el ofrecimiento, pero cuando se tiraron las medidas para el emplazamiento, la parcela inicial quedaba chica y por lo tanto, arreglaron por la que exhibe actualmente el mausoleo. A pesar de que no quedó documentada, ni en forma escrita ni a través de la fotografía, detalles obvios del emplazamiento de la obra, se sabe por versiones de familiares de Azzarini, ya desaparecidos, que éste, estuvo en Vergara supervisando el trabajo y según familiares de Alves, cobró por el monumento 10.000 pesos oro…..
APUNTES GENERALES SOBRE EL MONUMENTO
El mausoleo, que quedó listo el 1ero. de agosto de 1908 y por muchos años, se puede decir que hasta 1938 aproximadamente, estuvo solo, en el medio de los campos y circundado por un tejido con una portera, para que los animales, no pudieran dañar su estructura. En 1938, alguien, no sé quién o quiénes, tuvieron la idea de trasladar la necrópolis que existía desde 1906, en donde funciona la piscina y la plaza de deportes del barrio La Cuchilla, para los alrededores del mausoleo y le dieron a éste, la prevalencia del centro de la misma. El monumento, que se separa de las definiciones normales de tumba y de panteón, tiene una altura aproximada de 3.60 metros y su base es un cuadrado de aproximadamente 9 metros por cada lado; albergando hasta ahora, en el interior de la cámara funeraria subterránea el ataúd con el cuerpo de Venancio Alves Pereira. La estructura exterior, está construida con mármol lunense, de grano harinoso, textura fina, color blanco, en ciertos lugares con vetas ligeramente grisáceas, que le dan una preponderancia especial, una singular privacidad y un estatus propio, típico de las clases pudientes, que rinden homenaje a un personaje en especial a la vez que honran el linaje de un apellido. Al fin y al cabo los preceptos formulados anteriormente, encajan con una de las características por las cuales se distingue un mausoleo, que normalmente está hecho para un solo enterramiento y excepcionalmente, para varios. El mármol, conocido desde las épocas del Imperio Romano, alabado entre otros por Augusto y por Trajano, extraído de las canteras de Carrara, en la Toscana italiana, cerca de Génova y originado en las entrañas mismas de los Alpes Apuanos, fue utilizado por los maestros escultores, que vieron en él, un elemento maleable, resistente, sobrio y de estructura cristalina, que les permitió hacer impecables tallados y un aditivo esencial para prestigiar sus esculturas de valores insospechables. Dadas todas esas condiciones y los antecedentes del arte funerario romano, el mármol de Luni, fue muy usado por Azzarini y excepcionalmente, también usó granito rosado. Las estatuas que utilizó el escultor en éste y en otras obras funerarias, se ajustan al Renacimiento, donde el ser humano era el centro de todo el Universo (antropocentrismo) y la belleza especial que emana del monumentalismo, de la perspectiva lineal, del virtuosismo, de la armonía, del equilibrio y de la simbología mixta, rayan en una exuberancia y un hiperrealismo tal, que no aceptan comparación alguna.
SIMBOLOGÍA DEL MAUSOLEO DE ALVES
El mausoleo, está orientado hacia el punto cardinal Oeste (Occidente u Ocaso). Según la lectura del Antiguo Egipto, hablamos de la Puerta de Occidente, región de los muertos y del Dios Osiris, umbral exacto por donde penetra el alma al inframundo. El Ocaso por su parte, significa el fin de la vida y el descanso eterno. A su vez la concepción cristiana, asocia al Occidente, con el reposo del alma antes de la Segunda venida de Cristo; dado que éste llegará por el Este (Oriente) con la luz y la resurrección. Seguidamente, la lectura se encauza en la estructura piramidal del monumento y considerándolo desde su parte superior, destaca un ángel, con las proporciones naturales de un humano, alas desplegadas, viste quitón doble, tiene una tiara o diadema en su cabeza, pendientes en las orejas, está descalzo, parado sobre una nube y con una corona de olivos en sus manos, en un claro acto de colocar la misma, sobre la testa del retrato funerario de Venancio Alves Pereira. Muchos, erróneamente, le han atribuido al ángel, una cara de mujer; sin embargo estas criaturas exaltadas por el mundo cristiano, son andróginas, vale decir, que comparten inequívocamente, los caracteres de hombre y de mujer a la vez. Son seres celestiales, mensajeros divinos, conexión entre la tierra y el cielo y quienes se encargan de trasladar las almas, al sitio de la redención final. Este ángel, específicamente, tiene su lectura pieza por pieza, desde la tiara hasta sus pies descalzos sobre la nube, que simbolizan humildad, respeto y reverencia por la tierra celestial que está pisando (nube) que se emparenta con la realeza y el estatus divino, que le brindan la tiara y los pendientes, que continúa irradiando pureza con el quitón helénico y que culmina su mensaje, con la corona de olivos, que significa: la victoria espiritual, la paz para el difunto y para el mundo terrenal, sumado a la reconciliación con Dios, luego de producido el juicio postrero. Por lo tanto el mensajero celestial es un Ángel de la Resurrección, que ha descendido del cielo y posado en un gesto de transición, con la corona en sus manos. Actitud de guardián y fiel custodio del alma del difunto, contra los malos espíritus. En este caso especial, se aprecia a simple vista y especialmente, desde la parte posterior del monumento, que Azzarini aseguró la permanencia y el equilibrio del ángel con un sistema de contrapesos de plomo, en su parte inferior. Realmente, ha pasado más de un siglo y ningún ventarrón ha movido al mensajero de su lugar original. En orden descendente, sigue el retrato funerario de Alves, en este caso representado con un busto sobre una pilastra jónica. En el arte clásico la pilastra jónica tiene una antigua concepción de sabiduría y de equilibrio y se le compara con el eje del mundo. El retrato del difunto, coronando la misma simboliza el respeto, la memoria familiar y colectiva que de él se tiene, su ascensión al mundo espiritual; sumado al rostro que indica permanencia en el tiempo, sabiduría y valores morales, espirituales y cívicos que tuvo en vida. Siguiendo la verticalidad descendente, está la urna, que representa el reservorio del cuerpo físico (el polvo, de las escrituras bíblicas) semi-tapada con un paño con flecos o drapeado, que representa el sudario de la Resurrección y el límite que hay entre la vida terrenal y el mundo espiritual. Las dos cruces latinas (cruces de Cristo resucitado) indican la firme creencia en Dios del difunto, la redención, el sacrificio, la Resurrección del alma y la vida eterna. Las cuatro garras del león, como sostén de la urna, tanto en la iconografía funeraria como en la heráldica, representan coraje, valentía e invencibilidad, lo que demuestra el triunfo de la vida sobre la muerte y la protección del fallecido ante la presencia de espíritus malignos. En este caso, las garras del león al igual que el Ángel de la Resurrección, se convierten en guardianes inexpugnables de la morada del fallecido. Seguidamente, tenemos rosas, espinas y amapolas. Las rosas y las espinas, simbolizan el sacrificio de la vida terrenal, con sus obstáculos naturales, enfermedades, desencuentros, desilusiones, etc. Las rosas, aseguran la memoria del fallecido y como son blancas, asoma en ellas la pureza y las buenas virtudes, que éste experimentó en la vida; mientras que las amapolas, “adormideras” para los romanos, simbolizan el sueño eterno, la transición pacífica del alma y el recuerdo perenne del difunto. A derecha e izquierda de la iconografía central, se encuentran dos urnas cinerarias,con flores blancas. En los inicios del mausoleo y hasta el año 1911, en que le fue sacada una foto por un medio de prensa de Montevideo, encima de estas urnas cinerarias, había una lámpara de aceite por cada lado. Dos, en total. Hoy, no existen. Desconociendo quién escribe estas líneas si fueron quitadas por alguien o dañadas voluntariamente. Las urnas cinerarias, indican la finitud de la vida, guardan las cenizas del fallecido y nos recuerdan que el cuerpo vuelve como polvo o ceniza a la tierra, mientra que el alma, perdura eternamente. Las flores esculpidas, conservan la memoria del difunto, pero, evidencian la fragilidad del ser humano, la etapa en la cual se marchita y muere, sin embargo, renace en el más allá. La lámpara de aceite, es guía en la oscuridad y la llama de la misma representa, la fe y la luz divina que concede la inmortalidad del alma. Por ende se exalta la eterna memoria del difunto y su victoria espiritual; luz potente, que ha derrotado las tinieblas de la muerte. A la derecha del mausoleo, en actitud de recogimiento, sentada y con los pies encima del escalón superior de los tres que existen, está una mujer, envuelta en un largo manto y que no es otra cosa, que la alegoría de una figura doliente, que encarna el dolor que produce la pérdida y es una metáfora, del luto eterno que arropa el corazón de la familia. Esta figura doliente, que no es ni una Plañidera o Llorona ni tampoco es la imagen de La Dolorosa o sea que ni es un retrato ni es una virgen, fue utilizada como elemento estético en los períodos del romanticismo y del neoclasicismo europeo, en los siglos XIX y XX. Una de las tantas alegorías paganas, que utilizó Azzarini, para la imponencia de sus obras. Tres escalones geométricos, que representan el ascenso del alma y contados desde abajo se clasifican en: Tierra, Purgatorio y Cielo. Luego, la lápida que cubre la entrada a la cámara funeraria, donde hasta ahora existe el ataúd, con los restos de Alves, pese a los deterioros normales de sus más de cien años y al agua, que más de las veces inunda el lugar. Por último, el mausoleo presenta en su base, una cerca con pilares y caños, que circundan el mismo, lo separan del resto del cementerio y simbolizan armonía, equilibrio, elevación del alma al mundo espiritual y el recuerdo perenne de los deudos del fallecido. Los pilares, frutos del arte etrusco, presentan un tallado ecléctico, acorde con la escultura piramidal.
COMENTARIOS GENERALES
En suma el Mausoleo de Alves, para el arte funerario simboliza el estatus socioeconómico de una familia y de una época en el Uruguay, donde varias familias adineradas, como la que nos ocupa, consolidaron éxito y prestigio en el mundo terrenal. La belleza y grandiosidad del monumento, evocan, el triunfo de la memoria sobre la muerte. Hay quienes han visto en la estructura de marras, símbolos cercanos a la Masonería e incluso han hecho sus lecturas correspondientes. No se conoce que Venancio Alves Pereira, tuviera vinculaciones con alguna Logia. Es más, tampoco se le conoce vinculación política alguna. Todo lo contrario a su esposa, que además de estar afiliada al Partido Nacional fue muy amiga del Dr. Luis Alberto de Herrera, quien hasta que se murió, lucía un llamativo anillo, regalo de doña Dorotea, quien lo consideraba un mozo simpático, galante y guapetón…. Tampoco tengo respaldo documental, que me diga que Azzarini, era masón. Estuvo muy vinculado a la Masonería, no sólo por los símbolos usados en sus obras funerarias sino también, por su amistad con gente activa en la Logia, ejemplo Francisco Piria, a quien le hizo por encargo, en el Cementerio del Buceo (Montevideo) un panteón (YO Y ELLA) en granito rosado, que fuera extraído de una cantera de Pan de Azúcar (Maldonado),
En las historias y en las inventivas que pululaban en los corrillos de nuestra generación de adolescentes en la década de 1970, se comentaba que Floro Alves, también a la par de la disposición municipal de no permitir la instalación del mausoleo en campos de La Trinidad, también se había convencido que con lo blando del campo y el mal estado del camino, a las carretas se les iba a dificultar y mucho, el traslado de las piezas, por el peso de las mismas.
Hace varios años atrás, en la ciudad de Treinta y Tres, una persona que se dedicaba a la fotografía artística, tuvo la inmensa bondad de acercarme una copia de la acuarela original del monumento, que había sido diseñada por Azzarini. En ella es dable apreciar, que si bien se omitieron algunos símbolos iniciales, otros como el Ángel de la Resurrección, la urna, escalinatas y pilares decorativos de la base, que contienen caños en su estructura, obrando como cerco perimetral, se mantuvieron con total fidelidad.
En cuanto al agua que más del tiempo (a pesar de los vaciados con bomba eléctrica por empleados municipales) inunda la cámara funeraria, es consecuencia de la filtración de napas subterráneas y de la acumulación intensa de aguas pluviales, en la base exterior de la obra arquitectónica. Es lógico que al no haber desagües o declive naturales del terreno, el drenaje se produce hacia la cámara. En otro tiempo, amén de lo dicho anteriormente, la lápida que cubre el ingreso a la cámara, estaba retirada de su lugar original, motivando el ingreso sin obstáculos, del agua de la lluvia.
Referente a que cada cierto tiempo el monumento adquiere en varias de sus partes una pátina verdi-negra, es consecuencia de la porosidad del mármol, que se ve afectada por las inclemencias del tiempo: agua, viento, sol intenso,etc…. La polución del ambiente: humo, hollín, lluvia ácida, etc. Sumados todos estos factores al deterioro natural de una obra de arte que tiene más de cien años.
SUCEDIDOS
Para la gente de esta zona del departamento y de varias generaciones, se instaló la leyenda de que por las noches, alguien, antes de huir sin mirar atrás, había logrado ver como el ángel guardián descendía de su atalaya y recorría todo el perímetro del cementerio, en un vuelo pacífico, lento y moviendo las alas, con imperceptible sonido.
Hubieron muchos que de noche no se animaban a cruzar por el cementerio y bien pronto se corrió la voz que casi todas las noches un animal desconocido, de color blanco, en el campo frente al mausoleo, emitía por momentos gritos, gemidos y hasta una especie de carcajada, por demás, aterradora. No faltó uno o más coraje dos que una noche, armados hasta los dientes y dispuestos a prenderle bala a todo lo que no se identificará, descubrieron que el animal mitológico y aterrador, era un barro llorón, propiedad de Viterbo Roda, alias El Chongo, que junto a su esposa Carmen Viana, vivían y ocupaban la chacra, con campos frente al cementerio. Los gritos y gemidos fantasmales, eran los clásicos rebuznos del burro llorón, de pelo blanco, que finalizan imitando una breve carcajada humana, que de noche, a oscuras y con miedos premeditados, les ganó el tirón a varios, que nunca habían oído las expresiones orales de los équidos de esa especie.
También se cuenta que una noche el peluquero vergarense Dadier Zuluaga, alias Pelano, con unos tragos encima se apersonó al cementerio, extrajo su revólver 38 largo de la cintura y sin proferir palabra alguna, le apuntó de frente al ala derecha del ángel y con un solo tiro, le hizo volar un trozo de la parte superior del ala derecha. Al fin y al cabo tuvo que venir el marmolista Brogliatti desde Treinta y Tres, para solucionar satisfactoriamente el entuerto suscitado.
La creencia general de que la figura doliente del mausoleo, es la Virgen María, se volvió un mito, que nadie nunca trató de manifestar la verdad y hasta ahora se pueden ver por diferentes lugares anatómicos de la figura, prendas y objetos de las más variadas especies, que la gente le deja como ofrenda de pago, para promesas recibidas. Un mediodía de hace muchos años atrás, Justino Viana, un paisano de Vergara, se presentó ante la imagen doliente y le pidió que le salvará la vida a una potranca mora, que se le estaba muriendo. Prometió, que si la misma se salvaba, nunca más le cortaría, ni la cerda de la cola ni la cerda del pescuezo… La potranca mora, que era petisa, se salvó y hasta que murió de vieja, andaba con la colaboración arrastrando y con la crin del pescuezo y frente, espesa, como un matorral. Justino, apenas le sacaba unas cerdas a tijera, para que no le cubrieran los ojos y por ende no le perturbaran el desplazamiento ni la molestaran para comer.
Quien escribe estas líneas, siendo niño vio a una Señora, que vivió un tiempo en Vergara, descalza y de rodillas, arrastrándose sobre el damero blanco y negro, que conduce al mausoleo, con unas rosas blancas entre sus manos, con el fin de pagar una promesa a la doliente; se decía en el pueblo, que lo hacía como tributo, por haber conseguido un novio…. Lógico que las pequeñas piedras de las baldosas, le herían las rodillas desnudas. Detenía su tránsito, se paraba, caminaba unos pasos y volvía a arrodillarse.
En agosto del año 1920, Cipriano Olmos Caraballo, que había cometido un parricidio en esta zona y se encontraba purgado condena en Montevideo, fue llevado al Hospital Vilardebó, para una revisión psiquiátrica. Desde allí se escapó y se vino en tren hasta la ciudad de Treinta y Tres. Luego caminando y cortando campos, logró llegar a la estancia de su familia en la Cañada Grande, hoy, 9na. Sección de Treinta y Tres. Allí se encontró con su madre y hermano y consiguió un caballo ensillado para huir para el Brasil. Al pasar frente al mausoleo, ya a boca de noche, decidió largar el caballo en el predio y guarecerse en la cámara funeraria, donde con el apero y los cojinillos, preparó una cama, se tapó con un poncho y se acostó a dormir. Estaba muy cansado y se durmió como piedra. Al otro día, con el sol alto ya, salió de la cámara y a pesar de que había dejado el cabo del rebenque apuntando para donde iba, igual se mareó, perdió el rumbo y fue carnada fácil, para que la Policía lo detuviera, con la consiguiente restitución a Montevideo.
PALABRAS FINALES
Hace mucho tiempo que los vergarenses esperamos que el Mausoleo de Alves sea declarado Patrimonio Histórico Nacional. A pesar de que se ha bregado por esto e incluso ha sido incorporado a una de las Rutas Del Necroturismo que hay en el Uruguay, quizás, todo eso y estas mal trazadas líneas, no alcanzan para una ansiada declaración. Por lo tanto hay que seguir luchando y alimentando con fe esa esperanza que renace cada día y que acerca el optimismo necesario para seguir valorando nuestra identidad, para compartirla con nuestros contemporáneos, analizarla, discutirlas y documentada, para que las nuevas generaciones veneran y exaltan esos recuerdos, que han tenido la dicha de que nuestra generación se las ha servido en bandeja y no tuvieron que salir a campear datos. No es echarles en cara la situación ni pretender que nos alfombren de flores el sendero, simplemente, es para que no dejen apagar la llama que otorga luz a la cultura identitaria de una comunidad. Nada somos si no sabemos de donde provenimos y peor aun, si cortamos las amarras que nos unen al pasado. No se trata de vivir enjugando lágrimas sobre fotos amarillentas. Se trata de cimentar el terreno del pasado, abrir los cimientos en el presente y construir los edificios que han de albergar las mentes de los paladines del futuro. Consideremos por entonces que el Mausoleo de Alves, cercano o distante para los vergarenses, es un PATRIMONIO HISTÓRICO QUE ESTÁ INSCRIPTO EN LAS CONCIENCIAS, de quienes realmente aman a su terruño natal. Por ahora, solo a ese precepto podemos remitirnos.
Jorge Muniz.-
Vergara, 6 de junio del 2026.-




